La ciudad está más vacía que nunca.
Un conejo solitario cruza Av. Cuauhtémoc con una grabadora en la mano,
las orejas gachas, rostro de perdición.
Nos dejaste con un número de teléfono y la orden tácita de no usarlo.
¿Qué pasarán con esas tardes recostados en la banqueta?
¿Y las travesías a los campos llenos de flores?
Te fuiste y me dejaste el puño vacío, los ojos secos y la garganta muda.