Un conejo solitario cruza Av. Cuauhtémoc con una grabadora en la mano,
las orejas gachas, rostro de perdición.
Nos dejaste con un número de teléfono y la orden tácita de no usarlo.
¿Qué pasarán con esas tardes recostados en la banqueta?
¿Y las travesías a los campos llenos de flores?
Te fuiste y me dejaste el puño vacío, los ojos secos y la garganta muda.
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