Hasta hace poco desconocía la existencia del poeta Mario Santiago, fue cuando comencé a buscar información relacionada con Roberto Bolaño y su novela Los Detectives Salvajes cuando me enteré de que el personaje de Ulises Lima existió en forma de carne y hueso, y no sólo eso, sino que vagó, se embriagó, escribió y básicamente embarró su existencia en mi amadísima Ciudad de México. Éste hecho tiene mucha importancia para mí porque creo que una obra también es reflejo del lugar en dónde se escribe, de la personalidad del entorno que acoge al escritor y que impregna las palabras de la sutileza de sus aromas, sus sonidos y sus recovecos.
Conocer el París de Cortázar, Beijing de Amy Tan, los paisajes nórdicos de Hamsun, la bestialidad de las carreteras norteamericanas de Kerouac, el Japón de Kawabata, me había parecido algo lejano y completamente irrealizable, por cuestiones económicas y sobre todo de temporalidad, puesto que parece imposible recuperar por entero lo que significaron esos lugares en periodos de tiempo tan específicos. Sin embargo, leer a Bolaño, aunado al hecho de que vivo en la ciudad en la que transcurre una buena parte de la novela, me hizo pensar que era posible recorrer y recobrar el espíritu del México de los 70's, de la universidad, de la colonia Condesa, de Bucareli y de las cantinas del centro histórico. Me hizo pensar que actualmente el arte sigue siendo el negocio de unos cuantos, ahora más alejado del oficialismo de entonces, pero peligrosamente cercano a un círculo marcado por el esnobismo, que segrega, estigmatiza y estratifica las expresiones.
Consideré homenajear al genio de estos personajes a través de las letras, pero siendo su humilde servidor tan lerdo en esos menesteres me pareció una mejor idea dedicarle algo de tiempo a seguir el rastro de estos personajes a través de la Ciudad de México y comienzo por el lugar en el que murió Mario Santiago: el cruce de Boulevard Aeropuerto y calzada Ignacio Zaragoza.
Este sitio es peligroso, por lo que no me parece prudente el uso de cámaras si usted pasa por ahí, amigo lector, y desea tomarse la foto del recuerdo en ese lugar tan significativo. Al transitar por Ignacio Zaragoza se pueden ver muchas cruces en los camellones, algunas con flores artificiales, algunas sin nombre. Al llegar a la estación del metro Aeropuerto los vendedores ambulantes llenan las banquetas de productos tan variados como ropa, comida chatarra, puestos de tacos que desprenden olores nauseabundos, equipos electrónicos, música y películas pirata. El piso es grasoso, los autobuses arrojan humo negro que cubre la cabeza, el sonido de las bocinas es aturdidor y cruzar la calle es un reto: una prueba de valentía y agilidad aún para los que van en sus cinco sentidos. Zapaterías y tiendas de ropa deprimentes, un supermercado y un restaurante de cadena. Sin duda no es un lugar lindo, es, de hecho, la representación del fallido sueño mexicano, representado por los miles de campesinos que vinieron por muchos años a la capital a buscar trabajo ante el abandono del campo y que se asentaron en las delegaciones y municipios más alejados que hoy forman el área metropolitana de la ciudad (para muestra vea usted la película El mil usos de Roberto Rivera).
Fue en ese sitio donde Mario Santiago nos dejó a nuestra suerte, sin sus poemas, sin esa pasión que bien podría llamarse fuerza, y sin esa demencia que parecen tener los seres con agallas.
Próximamente añadiré otros sitios a medida que vaya re-recorriendo la ciudad.